Cada vez que el Gobierno mexicano entra en una fase delicada, la conversación pública empieza a llenarse de asuntos vistosos, de mensajes amables y de piezas de distracción que sirven para entretener a la grada mientras los temas que de verdad comprometen al país quedan fuera del foco.
Eso, que ya se ha convertido en una costumbre bastante reconocible, vuelve a notarse ahora, con la revisión del T-MEC y con la versión de una posible indagación de alcance internacional sobre Adán Augusto López y Andrés Manuel López Beltrán por presunto tráfico de combustibles ilegales en México y en Estados Unidos.
Sobre ese último punto conviene hablar con la cautela que exige cualquier asunto de este calibre, porque aún no existe confirmación oficial y sería una torpeza dar por cerrado algo que todavía se mueve en el terreno de la versión. Aun así, el simple hecho de que una posibilidad así circule con fuerza ya retrata el desgaste de la 4T, porque cuando los nombres más cercanos al núcleo del poder aparecen asociados a sospechas de esa naturaleza, el coste político empieza mucho antes de que llegue una ratificación formal.
Mientras esa sombra crece, el Ejecutivo elige instalar en la agenda escenas bastante más cómodas. La presencia de “El Bogueto” en la Mañanera, dentro de una dinámica de concurso y promoción cultural, ofrece una fotografía llamativa que quizá funcione para las redes y para el consumo rápido, aunque también nos hace cuestionarnos si en ese mismo lugar no hay sitio para las madres buscadoras, ni para voces que llevan años pidiendo ser escuchadas con respeto y seriedad. La selección de invitados deja de parecer casual y empieza a revelar una preferencia nítida por aquello que no incomoda demasiado al poder.
Desde una perspectiva empresarial, que al final se apoya en prioridades, riesgos y señales de mando, esa conducta describe un problema de dirección. Una administración sólida no dedica su espacio principal a piezas decorativas cuando tiene abiertos asuntos que afectan la confianza exterior, la seguridad interior y la credibilidad de sus propias figuras.
Leer más: Marcha de ferrocarrileros provoca bloqueos en CDMX este 28 de julio
Una presidencia que prefiere el acto simpático antes que el debate difícil envía una señal pésima, porque sugiere que la gestión de la atención importa más que la atención a los problemas. Y en un país castigado por la violencia, por la angustia de miles de familias y por la presión de Estados Unidos sobre cuestiones comerciales y penales, esa elección retrata una jerarquía de prioridades bastante pobre.
También entra en ese juego la manera en que se intenta vender certidumbre en torno al comercio con Estados Unidos. Marcelo Ebrard ha salido a subrayar que no hubo cambios en los aranceles para México, que una parte muy amplia del intercambio sigue protegida por el T-MEC y que, fuera de las reglas de origen, la tasa permanece sin movimiento. Ese mensaje busca calmar, y en parte cumple esa función, aunque no debería utilizarse como cortina para evitar la discusión de fondo, que consiste en saber en qué condiciones culminará la revisión del tratado y cuánto se ha deteriorado la posición mexicana ante Washington.
A eso se suma el mensaje sobre los narcocorridos, frente a los cuales la presidenta ha descartado una prohibición nacional y ha preferido hablar de alternativas culturales y de concienciación. El planteamiento puede parecer razonable en abstracto, aunque tropieza con la realidad de regiones enteras golpeadas por la violencia criminal. Cuando el Estado afronta ataques del narco en las calles, la apelación cultural suena insuficiente si no va acompañada de una idea clara de autoridad, de protección y de presencia efectiva.
A mi juicio, el Gobierno vuelve a caer en un vicio viejo, que consiste en llenar el escenario de asuntos secundarios para desviar la mirada de lo que verdaderamente compromete su futuro y el del país. La revisión del T-MEC, la presión de Washington y la mera posibilidad de una investigación internacional sobre nombres cercanos a la 4T merecerían una conducción sobria, firme y adulta. En lugar de eso, la presidencia parece preferir una agenda amable, cuidadosamente seleccionada y bastante menos exigente. Y cuando un gobierno maneja así la atención pública, termina dejando al descubierto sus nervios y su falta de seguridad.
¡Consulta todo nuestro contenido y sigue a Mundo Ejecutivo CDMX en Google News!