López Beltrán, Instagram y la confirmación de todo lo que Washington ya sabía sobre Morena

Columna Eduardo Rivera CEO Global Media International Services Columna Eduardo Rivera CEO Global Media International Services

Hay formas discretas de dañar la imagen de un país y hay maneras estruendosas de hacerlo. La escena de Andrés Manuel López Beltrán pertenece al segundo grupo. Estados Unidos le revocó su visa, y por supuesto, como buen morenista, la reacción fue instantánea y sin pensar. El hijo de “nuestro estimado Peje” convirtió un problema de esa gravedad en una carta subida a Instagram, dirigida a Donald Trump, informándole sobre esta “burda y perversa canallada”, como si la relación con la primera potencia del planeta pudiera tramitarse con el narcisismo adolescente de las redes.

La retirada de una visa por parte de Estados Unidos no equivale por sí misma a una condena ni permite afirmar que exista delito alguno, puesto que Washington mantiene bajo reserva ese tipo de expedientes y no tiene obligación de detallar sus motivos. Ahora bien, una vez asumida esa cautela elemental, el episodio conserva una carga política devastadora, sobre todo cuando el afectado no es un ciudadano cualquiera, sino el hijo del expresidente que fundó el movimiento gobernante y una figura que, según se ha dicho, aspiraba a escalar posiciones de mayor peso electoral.

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López Beltrán decidió acusar a Marco Rubio y a Christopher Landau de actuar por cálculo político, compararlos con Hitler y pedir que fueran apartados de sus cargos. Cuesta decidir qué parte del episodio resulta más bochornosa, si la desmesura verbal o la ingenuidad operativa, porque cualquiera que conozca mínimamente cómo funciona la presidencia estadounidense sabe que esa carta no iba a llegar al Despacho Oval ni a mover una sola pieza en Washington. Lo único que sí logró fue exponer al ridículo a quien la escribió y, por extensión, salpicar a un país cuyos vínculos con Estados Unidos exigen bastante más oficio que una pataleta digital con pretensiones de denuncia moral.

El daño no se limita al terreno del prestigio, que ya sería bastante. Cuando se menciona al secretario de Estado y al subsecretario, el conflicto deja de parecer una rabieta privada y entra en una zona más delicada, porque roza a dos figuras centrales en la relación bilateral.

México no necesita gestos teatrales, México necesita confianza, certidumbre y capacidad de interlocución con quienes deciden sobre comercio, seguridad, inversión y cooperación fronteriza. Si figuras cercanas a Morena eligen responder a un revés personal con una carta irritante publicada en redes, el mensaje que reciben en Washington no invita precisamente a tomar en serio la madurez política del grupo con el que deben tratar.

También pesa el efecto financiero y patrimonial que puede derivarse de un episodio así. Aunque la retirada de la visa no pruebe conducta penal alguna, sí introduce una marca de riesgo que estrecha el margen de maniobra de quien la sufre, sobre todo si aspira a mantener relaciones patrimoniales fluidas y a competir por cargos de primer nivel. Quien pretenda gobernar, o siquiera proyectarse como figura de futuro, difícilmente sale reforzado después de un golpe así, y menos aún si decide administrarlo con el pulso de un influencer ofendido en lugar de con la disciplina que exigiría una carrera pública decente.

El daño real de este episodio es acumulativo y se suma a una larga lista de desatinos. Rubio ya demostró que entiende perfectamente lo que ocurre dentro de Morena, y Landau conoce México con una profundidad que pocos diplomáticos extranjeros han alcanzado. Ninguno de los dos necesitaba que un posteo de Instagram les confirmara lo que ya sabían. Pero el hecho de que esa sea la respuesta elegida por el círculo de Morena dice todo lo que hace falta saber sobre el nivel al que opera ese movimiento cuando las instituciones no le dan lo que quiere.

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