El costo de jugar cada quien su partido

¿Puede México ser campeón del mundo? La pregunta parece futbolística, pero en realidad habla de nuestra capacidad para trabajar juntos. Tenemos talento, recursos, infraestructura y ambición. Lo que todavía no conseguimos es transformar todas esas fortalezas individuales en un sistema que produzca resultados colectivos.

El problema no es la falta de buenos jugadores. Tampoco la ausencia de empresarios capaces, servidores públicos preparados, trabajadores comprometidos o jóvenes innovadores. El verdadero obstáculo aparece cuando cada uno decide jugar su propio partido.

En el futbol buscamos al delantero que resuelva, al entrenador que haga milagros o a la generación que finalmente cambie la historia. En la política esperamos que una sola administración pueda transformar al país. Y en las empresas seguimos depositando el futuro de organizaciones completas en una figura central que autoriza, controla y concentra las decisiones.

Esa cultura del protagonismo tiene un costo económico.

Las empresas lo conocen bien: ventas culpa a operaciones, operaciones a finanzas y finanzas al mercado. Cada área cumple su indicador, pero la organización no alcanza su objetivo. Se confunde competencia interna con productividad y liderazgo con control. Todos quieren aparecer en la fotografía del gol; pocos reconocen el valor de dar la asistencia.

A escala nacional sucede lo mismo. Gobierno, oposición, empresas, trabajadores, universidades y organizaciones sociales defienden legítimamente sus intereses, pero rara vez consiguen alinearlos alrededor de una visión compartida. El resultado es un país lleno de esfuerzos valiosos que no siempre avanzan en la misma dirección.

México necesita un acuerdo nacional. No una negociación para repartir posiciones ni una fotografía entre dirigentes. Necesitamos definir los objetivos que deben permanecer por encima de los ciclos electorales y las diferencias ideológicas: seguridad, Estado de derecho, formalización, educación, infraestructura, innovación, energía y crecimiento con movilidad social.

La ideología es necesaria porque permite contrastar soluciones. Pero se convierte en un obstáculo cuando impide reconocer un acierto del adversario o construir sobre lo que ya funciona. Podemos discutir el camino sin sabotear el destino.

El sector empresarial también debe asumir su responsabilidad. Las grandes inversiones y los negocios familiares no son rivales. El capital aporta tecnología, infraestructura, conocimiento y acceso a mercados; las micro, pequeñas y medianas empresas convierten esas oportunidades en empleo, consumo y bienestar dentro de las comunidades. La tarea consiste en conectarlos mediante cadenas de proveeduría, financiamiento, capacitación y transformación digital.

Sumar al capital no significa renunciar a la justicia económica. Significa crear condiciones para que la inversión produzca valor compartido y no permanezca aislada de la economía local. Sin rentabilidad no existen empresas sostenibles; sin inclusión tampoco existe prosperidad duradera.

México no carece de talento: carece de suficiente coordinación, continuidad y confianza. Ninguna estrategia nacional sobrevivirá si cada gobierno comienza desde cero, cada organismo protege su parcela y cada empresa mide su éxito ignorando el entorno que la sostiene.

Ser campeón, en el futbol o en la economía, exige algo más que reunir estrellas. Requiere reglas claras, objetivos comunes, disciplina y la capacidad de anteponer el resultado del equipo al reconocimiento individual.

México puede ganar. Pero primero debemos dejar de disputar quién cobra el gol y comenzar a construir juntos la jugada.