Los años pasan y la infancia queda atrás, pero hay sucesos que nos marcan e influyen hasta la adultez. Tal es el caso de lo que se plantea en Un jardín al fondo de la noche, novela de Ximena Santaolalla que muestra cómo el paso del tiempo no basta para cerrar las heridas que deja el abuso, sino requiere un trabajo que ninguna fecha realiza por sí sola.
“Yo no creo que el tiempo lo cure todo, a menos que trabajemos con ese tiempo”, afirmó la autora durante una entrevista con motivo de la publicación del libro.
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¿De qué trata Un jardín al fondo de la noche, de Ximena Santaolalla?
La historia presenta a Guinea en dos momentos de su vida. Primero aparece como una niña que enfrenta el abuso dentro del entorno familiar. Después, como una mujer que carga consecuencias que no desaparecieron con los años.
La autora incorporó esa segunda voz conforme avanzó la escritura. En un principio solo buscaba narrar la experiencia infantil, pero encontró otro tema que reclamó espacio: la permanencia del trauma.
“La Guinea adulta tolera cosas que le dan asco, que le desagradan, que le repugnan, porque eso aprendió de niña”, explicó.
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La escritora cuestionó una idea extendida en la ficción, donde las personas sobrevivientes suelen aparecer como futuras agresoras o como personajes definidos únicamente por la violencia que vivieron. Su novela busca otro camino y coloca el foco en las formas cotidianas en que el pasado continúa presente.
Desde su experiencia de 12 años en acompañamiento terapéutico, Ximena Santaolalla señaló que las emociones no respetan el tiempo. Una persona puede llegar a los 40 años y volver a sentir el abandono o el miedo con la intensidad de cuando tenía cinco.
“El lado emocional no respeta tanto el tiempo cronológico”, dijo.
Por ello, considera que la recuperación implica reconocer esas heridas, trabajar sobre ellas y construir nuevas herramientas para relacionarse con el mundo.
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El jardín que da nombre a la novela también nace de esa idea. Durante la infancia de Guinea funciona como un refugio imaginario frente a la violencia. La autora retomó una imagen de su propia niñez: una isla flotante que imaginaba fuera de su ventana cuando atravesaba momentos difíciles. En la ficción, ese refugio cambia de forma, aunque conserva el mismo sentido.
“Seguramente muchos niños tienen esos lugares donde pueden escapar de algo doloroso”, comentó.
El abuso sexual infantil, una lacra que continúa en México
Santaolalla escribió la novela después de dejar reposar el proyecto durante varios años. Dudó en retomarlo porque el abuso sexual infantil aparece con frecuencia en libros y películas, pero finalmente decidió contar la historia desde una mirada propia, alimentada tanto por elementos autobiográficos como por los casos que conoció durante años de trabajo con pacientes.
Las cifras también acompañan ese punto de partida. Una de cada cinco niñas y uno de cada 13 niños sufrirán abuso sexual antes de cumplir los 18 años, mientras que más de la mitad de los casos ocurre dentro del hogar.
Frente a esa realidad, la autora defiende una literatura que no solo narra, sino que también abre preguntas. Un jardín al fondo de la noche parte de una premisa sencilla y, al mismo tiempo, incómoda: las heridas no desaparecen porque el calendario avance. Cambian de lugar. Cambian de forma. Y, en muchos casos, esperan hasta que alguien encuentre la manera de mirarlas de frente.
Por Néstor Ramírez Vega
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