Narco, poder y negación: la secuencia que México no quiso ver

Eduardo Rivera, columna, Conexión Global Eduardo Rivera, columna, Conexión Global

México atraviesa un momento delicado en su relación con Estados Unidos, y negar eso no lo cambia. No estamos frente a un malentendido diplomático ni frente a una simple disputa política: Washington ya no ve a nuestro país como un socio con problemas internos, sino como un lugar donde el poder ya no está en manos del Estado. Esta no es una lectura ideológica ni una exageración retórica, es la percepción técnica que prevalece en la capital estadounidense y que explica decisiones prácticas adoptadas por la administración de Donald Trump desde enero de 2025.

La imposición de aranceles a las exportaciones mexicanas responde a una lectura concreta: Estados Unidos considera que nuestro país no ha contenido eficazmente el flujo de drogas hacia su territorio ni ha frenado los circuitos financieros que alimentan a los cárteles, en particular los de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación, designados como organizaciones terroristas por su Departamento de Estado.

Mientras aquí se celebraban discursos pomposos sobre soberanía y dignidad, allá se elaboraba un caso legal, estructurado con hechos, flujos financieros y rutas de trasiego ilícito. El resultado es una política que ya va más allá de la retórica: cortes arancelarios, advertencias a sectores estratégicos y una presión sostenida para que México demuestre resultados concretos en la reducción del tráfico de fentanilo y otras drogas.

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Mientras se habla de ajuste comercial, la fuente del conflicto real sigue siendo la percepción de que México ha sido incapaz de contener al crimen organizado y de separar la acción del Estado de las actividades de los grupos narcotraficantes. Ese señalamiento no surgió en un mitin ni en un debate partidista; fue formulado por la Casa Blanca, que acusó de manera explícita al gobierno mexicano de facilitar “refugios seguros” y rutas de tráfico que ponen en riesgo la seguridad estadounidense.

Ni China ni Rusia, la competencia económica y política más fuerte de Estados Unidos, han emitido pronunciamientos significativos sobre esta situación porque sus prioridades son distintas. Para Pekín, México representa un mercado más y un punto de acceso manufacturero. Para Moscú, las tensiones entre nuestro país y el gobierno estadounidense no sirven a sus propios objetivos estratégicos directos, por lo que no hay motivos suficientes para intervenir en un conflicto que no le aporta ventajas tangibles. Este silencio no es complicidad; es cálculo geopolítico.

Ahora bien, ¿por qué México no sería víctima de un ataque militar como sucedió en Venezuela pese a las declaraciones provocadoras de Trump que vinculan al narcotráfico con el gobierno mexicano? La respuesta es simple: Estados Unidos no busca una intervención militar porque su objetivo no es la ocupación, sino la reconfiguración del comportamiento del Estado mexicano. Una campaña militar directa tendría costos estratégicos y políticos enormes para Washington, que prefiere presionar mediante sanciones económicas, restricciones comerciales y acciones legales enfocadas en interrumpir el financiamiento y las rutas de los grupos criminales.

El daño de la 4T, comenzado por Andrés Manuel López Obrador y continuado por Claudia Sheinbaum, radica en que el discurso político sustituyó a la acción técnica y eficaz. Al priorizar narrativas políticas por encima de resultados medibles en seguridad y documentación comercial, el gobierno mexicano ha cedido iniciativa. Esa imagen de incapacidad ha sido consumida por los tomadores de decisiones estadounidenses, que ahora orientan su política hacia el debilitamiento estructural de los circuitos ilícitos en el país, sin necesidad de titulares ni enfrentamientos públicos.

Mientras tanto, aquí se sigue actuando como si nada ocurriera: se responde con sonrisas diplomáticas, se niegan evidencias y se confunde confianza con negación. Y que conste que la burla hacia la presidenta no es un ataque personal; es una crítica a su incapacidad para responder con claridad y eficacia a lo que ya no es un problema doméstico, sino una cuestión bilateral y hemisférica que exige respuestas técnicas, no gestos retóricos.

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