Una historia personal, llena de matices y de mundos que convergen entre sí para crear una atmósfera y realidad única se ven en Celestino, película que llega al Festival Internacional de Cine (FIC) en Guadalajara. Su director, el cineasta belga Hans Bryssinck, observa la dualidad de ser una película flamenca y mexicana con una mezcla de sorpresa y satisfacción. No esperaba estar ahí, mucho menos competir por el Premio Mezcal, pero su filme se abre paso en un territorio que recuerda nuestra historia de mestizaje.
La historia tuvo una construcción de más de 10 años y muestra cómo es que se ve nuestro país desde los ojos extranjeros, pero al mismo tiempo se involucra dentro de su surrealismo. Iván es el nombre del protagonista. Se trata de un periodista belga en México que conoce la historia de Celestino, quien presuntamente es un nahual. Esto lo lleva a Tianguistengo, Hidalgo, para emprender una experiencia que conecta el mundo real con el surreal; el católico con las raíces indígenas, la verdad con la incertidumbre.
Bryssinck reconoce en el protagonista fragmentos de sí mismo, pero también entiende que la ficción termina por emanciparse. Entre ambos hay un puente invisible: la experiencia de habitar un lugar que no es completamente propio, pero que termina siéndolo.
México aparece como una revelación temprana en la vida del director. Llega joven, a finales de los noventa, y desde entonces el país se le instala como una forma de mirar el mundo. Hay algo en su cotidianidad que lo intriga: una realidad que no es rígida, que se expande, que se llena de matices. El misterio no está en lo extraordinario, sino en lo diario.
Esa mirada encuentra un territorio concreto en Hidalgo, donde se filma la película. El lugar no es casual. Bryssinck llega ahí tras buscar las huellas de la Semana Santa en México, atraído por una singularidad: en esa región, la figura central no es Cristo, sino Judas. El hallazgo lo seduce. Años después, regresa con un guion bajo el brazo.
Antes de filmar, pidió permiso a las autoridades y a las figuras espirituales del lugar. El gesto revela una intención: no irrumpir, sino integrarse. Porque Celestino no observa desde fuera; se sumerge en una tradición donde conviven lo católico y lo prehispánico, lo visible y lo invisible.
El nahualismo atraviesa la historia como una presencia ambigua. No se presenta como doctrina, sino como metáfora. Es la frontera difusa entre lo conocido y lo extraño, entre lo que se es y lo que se teme ser. Bryssinck lo entiende así: no como una explicación, sino como una pregunta.
La película avanza en ese terreno incierto. Los personajes se mueven entre capas de realidad, como si cada gesto escondiera otro significado. La familia, aparentemente familiar, también guarda zonas de extrañeza. El extranjero, en cambio, encuentra afinidades inesperadas. Nada es completamente ajeno, nada es completamente propio.
En la imagen final, un cuadro viviente condensa esa tensión. La escena remite a la pintura flamenca, pero también a la iconografía católica que atraviesa México. Europa y América Latina se superponen sin anularse. Se reconocen, se transforman.
Bryssinck observa ahora el recorrido de su película con curiosidad. Le interesa la reacción del público mexicano, la manera en que leerá esta historia que, de algún modo, también le pertenece. Celestino no ofrece respuestas cerradas. Propone, más bien, una experiencia: la de habitar la ambigüedad, la de reconocerse en lo otro.
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