Hablar sobre turismo en México obliga a hacerlo desde una mirada que reconozca tanto su peso económico como su dimensión social y cultural. Para la Secretaría de Turismo, si bien son importantes las cifras, que nos ubican como uno de los diez destinos preferidos a nivel mundial, hablar del sector también representa crecimiento para comunidades completas y la generación de ingresos para miles de familias donde el trabajo de las mujeres ocupa un lugar central.
Desde mi responsabilidad pública, tengo claro que el crecimiento del turismo no se explica sin el compromiso de quienes, día a día, sostienen destinos, rutas y proyectos locales con disciplina y visión.
En ese esfuerzo colectivo, resulta indispensable reconocer la labor de las secretarias de Turismo de diferentes entidades, esas mujeres que conocen su territorio, que dialogan con prestadores de servicios, comunidades y autoridades, y que defienden la promoción de sus regiones con argumentos técnicos y sensibilidad social. Trabajar de la mano con ellas implica compartir diagnósticos, coordinar agendas y asumir decisiones que impactan economías locales. Por eso estar rodeada de profesionales con trayectorias sólidas confirma que el liderazgo femenino en el turismo es una realidad que fortalece la toma de decisiones y mejora la ejecución de políticas públicas.
Sin embargo, el papel de las mujeres en el turismo va más allá de los cargos directivos. Está presente en la operación cotidiana de hoteles, restaurantes, agencias, cooperativas y mercados tradicionales, pero también en una expresión que concentra identidad, economía y patrimonio: el turismo artesanal. En regiones como Oaxaca, Chiapas, Jalisco o Yucatán, la elaboración y venta de artesanías constituye una de las principales fuentes de ingreso para cientos de familias, muchas de ellas encabezadas por mujeres que heredaron técnicas, diseños y saberes que hoy dialogan con nuevos mercados. Cada textil, cada pieza de barro, cada trabajo en madera o fibras naturales representa horas de trabajo, conocimiento transmitido entre generaciones y una relación directa con el visitante que busca algo más que un recuerdo. Para muchas comunidades, esta actividad permite sostener la economía familiar, financiar educación y preservar oficios que, sin demanda turística, correrían el riesgo de desaparecer.
Mirar el sector desde esta perspectiva también implica entender que el crecimiento no puede desligarse del bienestar de las personas. Las mujeres que lideran las secretarías estatales, las que dirigen empresas familiares, las que tejen, bordan o modelan piezas únicas, forman parte de una misma estructura que sostiene al turismo mexicano.
El futuro de esta industria pasa por una visión que valora el trabajo femenino en todas sus expresiones, que apuesta por la coordinación entre los tres niveles de Gobierno y que entiende al desarrollo turístico como una tarea colectiva. Desde mi posición, seguiré impulsando una agenda que ponga en el centro a las personas, cuide el patrimonio cultural y traduzca la visita de cada turista en oportunidades reales para quienes viven y trabajan en nuestros destinos.
Como ha reiterado la presidenta Claudia Sheinbaum: “es tiempo de mujeres. Llegamos todas, con nuestras abuelas, nuestras hijas y nuestras nietas. Con las mujeres, la transformación avanza”, y las perspectivas de género se sienten no solo para quienes viven en México, sino también para quienes nos visitan.
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